Nazionalismos españoles -perdón- ibéricos

Wagner y Nietzsche inspiraron a Hitler. Piense en sus respectivos equivalentes a los movimientos de auto-determinación hispanos y comprobará que nada ha cambiado. Más ingredientes: imponga sus símbolos culturales -incluso los inventados-, ansíe una expansión territorial y predique las supuestas bondades de su sistema productivo; todo esto mezclado a fuego lento con el más antiguo de los instintos gregarios del ser humano: el odio (miedo) al diferente, al extraño. Por supuesto, si no tiene motivos reales o racionales para odiar, siempre puede echarle la culpa de sus males a los otros (i.e. el exogrupo). Es más reconfortante que reconocer las propias limitaciones y carencias. ¿Le suena?

Hablo con propiedad. He sido una víctima más del nazionalismo gallego representado por el Bloque Nazional-Socialista Galego. Las cursivas son mías. Lo de víctima pudiera ser una metáfora pero, por desgracia, emigrar para poder aspirar a las mismas metas que podría buscar en mi tierra de origen, para no sacrificar mi independencia, mi libertad, no es un plato que le recomiende a nadie desde un punto de vista afectivo. Lo paradójico de esta experiencia es que he sido atacado por nazionalistas que, lejos de respetar a sus paisanos, amar su tierra, sus orígenes o su cultura, como ellos mismos proclaman, ejercen de paniaguados de un régimen en esencia fascista. La jerarquía, inamovible excepto por las vanidades, implica el culto a los superiores y la renuncia a cualquier tipo de iniciativa que no sea la estipulada por el dogma. Cualquier desviación de este patrón es rápidamente asimilado a la disidencia, lo que niega de raíz la posibilidad real de ejercer la libertad individual, es decir, se discrimina y se sanciona el efecto de una ley natural, la de la variabilidad biológica. La fidelidad -perdón otra vez- el servilismo, se ejerce a través de todos los niveles del aparato político que extiende sus tentáculos hasta las mismísimas AA.VV., por ejemplo. El caciquismo se ha modernizado.

Lo más demencial de mi experiencia es que tengo un apellido autóctono cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Mi fisonomía se corresponde perfectamente con la de los supuestos moradores ancestrales. He conocido, vivido, la realidad rural de la costa y del interior de la región, del país, que es donde se pueden encontrar los símbolos y costumbres de nuestra cultura. Puedo hablar perfectamente tres variedades o dialectos, incluida la oficial y falsaria, del idioma. He tenido la suerte de estar en contacto, desde niño, con intelectuales galleguistas. Y a pesar de todas estas características que no dejan de ser accidentales, me siento ciudadano del mundo. Ahora estoy emigrado, aunque por suerte, en unas condiciones que nada tienen que ver con la emigración de antaño. Es más, sólo ahora empiezo a respirar un poco de libertad. Por el contrario, a lo largo de los últimos años, me he topado con individuos que de la noche a la mañana “falaban en galego” -mal, por cierto- y se asimilaban a la ideología oficial, cuando nunca antes habían demostrado ningún tipo de acercamiento a nuestra cultura o costumbres, accidentales repito. Manda carallo.

Hace ya algunos años, visité el País Vasco. Allí pude empezar a comprender este fenómeno al ver la paja en el ojo ajeno. Los abertzales eran hijos de inmigrantes de todas las regiones de España. En sus casas se hablaba el español con acento andaluz, extremeño o castellano, pero en la calle eran los más radicales y exaltados coreando las consignas típicas en una neolengua mitad español, mitad euskera. Valle-Inclán, otro gallego, no lo hubiera descrito mejor: esperpento. El instinto de supervivencia es así. El caso catalán ya se me escapa un poco porque la información a la que he tenido acceso está más fragmentada. Pero no creo que sea muy diferente a lo que estoy diciendo. De hecho, me estoy acordando de un joven catalán con el que tuve un cierto trato y, discutiendo con él sobre estas cuitas, comprendí que algunas cuestiones es mejor dejarlas estar. No merece perder el tiempo con fundamentalistas. El odio se inocula más fácil en el joven. El nazismo ya estableció las bases del adoctrinamiento eficaz con la creación de los movimientos juveniles y ahora, con “Gran Hermano”, la hipnosis es más efectiva.

El odio se cura con humildad y trabajo, con experiencias. Creo que defender lo propio no es incompatible con respetar lo extraño si asumimos la naturaleza fútil y accidental de las culturas humanas. La mejor vacuna es el conocimiento y el acercamiento sincero y, para eso, es necesario o viajar o abrirle las puertas de la propia casa al extranjero que dejará de serlo si prescindimos de los ropajes absurdos e irracionales de la etnocultura. No llega con irse para tomar unas fotos. El proceso es más complejo pero, para intentar explicarlo, creo que necesitaré otra entrada.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s