Respuesta al post “La imposibilidad del Objetivismo”

El Objetivismo, como su nombre indica, parte de la premisa de la existencia de una Realidad Objetiva, realidad con la cual estamos en contacto a través de nuestros sentidos o amplificadores de éstos. Percibimos las sensaciones, entrando en el nivel perceptual, como los animales, en principio. Sin embargo, el Ser Humano tiene la capacidad de ascender más allá del nivel perceptual, llegando al nivel conceptual. Las sensaciones se procesan e integran, y usando la Lógica obtenemos conclusiones, como en el caso de observar humo: ¿Habrá un fuego?

Diversos filósofos, siendo el más destacado Platón, sostienen la idea de diversas realidades para cada individuo, pero se olvidan de que nuestros sentidos, al igual que una cámara de vídeo o un array de sensores, son objetivos: Si pones delante de cada individuo un cartón de color verde, todos ellos lo verán verde, salvo que alguno de ellos sea daltónico (error sensorial o perceptual)

El Objetivismo parte de la Realidad, sus conclusiones o corolarios son una consecuencia de los hechos objetivos, hechos a los cuales prácticamente cualquier persona puede acceder, via registros, grabaciones, etc… Por supuesto, debe partirse de una base epistemológica correcta (por ejemplo determinando que los datos, registros y grabaciones son auténticos y no han sido manipulados)

Sin embargo, el Ser Humano tiene tendencia a la distorsión cognitiva, debido al intento de imponer sus caprichos a los hechos de la realidad. Esto se debe en gran parte a las interferencias fruto de una forma de vida altruista y colectivista. De esta manera, los defensores de Platón no explican lo que tienen delante en base a leyes objetivas o un riguroso análisis de causas y consecuencias, sino que simplemente proclaman: ¡Esto es así porque lo digo yo! ¡Es mi realidad!

Esta clase de subjetivismo dominó toda la Edad Media hasta el Siglo de la Luces, o mejor dicho, el Siglo de la Razón, y trata de resurgir en la actualidad bajo el nombre de Relativismo. En la Edad Media los seres humanos no trataban entre sí en base a leyes objetivas extraídas del análisis de la realidad; trataban en base al misticismo y al capricho del bruto del momento.
No es necesario exponer aquí cuáles eran las condiciones de vida en aquella época: Los comerciantes y artesanos, únicos productores de riqueza, dependían más del favor que de su inteligencia, y la riqueza era obtenida mediante la extorsión, la conquista de otros seres humanos.

Cuando los seres humanos usan la Razón para tratar con otros seres humanos, la Realidad es su estándar y su marco de referencia. Pero cuando una persona clama poseer algún tipo de conocimiento sobrenatural que transciende todos los métodos objetivos de análisis y observación, ningún tipo de persuasión, comunicación o entendimiento es posible. El conflicto entonces es inevitable.

La Lógica Aristotélica y sus corolarios no sólo explican de forma acertada el funcionamiento del cerebro, con paradigmas que han revolucionado la medicación psiquiátrica de las últimas décadas, tambien explica gran parte del Universo conocido y es la razón de que hoy en día no vivamos en cavernas y calentados por hogueras, sometidos a la violencia de los elementos. Si no nos permitiera interpretar la realidad, nos sería imposible levantarnos por la mañana y hacer nuestra vida diaria, pues caeríamos en el caos de la incertidumbre de no saber qué tenemos delante en cada momento.

El Objetivismo, por tanto, no se amolda a una época concreta, se adapta como un guante a la Realidad Objetiva, se ajusta a los hechos, independientemente de los temores, prejuicios, deseos o caprichos de los hombres.

La Identificación No Contradictoria puede explicar los procesos dinámicos; lo hace baśandose en premisas soportadas por las evidencias que muestra la Realidad. Extraer, refinar y transportar petróleo es una actividad dinámica y de las más complejas, al igual que la puesta en funcionamiento de un acelerador de partículas o un microprocesador, pero no por ello escapan al raciocinio lógico.

Las personas influenciadas por una filosofía Platónica y Heideggeriana que desprecia el “impulso tecnológico”, tratan las leyes científicas objetivas como meras simplificaciones adaptadas a un mundo “ideal”; sin embargo no se explican cómo los automóviles, los aviones a reacción, los microondas, los teléfonos celulares, los computadores puedan funcionar el 99% del tiempo. ¿Acaso no se dan cuenta de que vivimos en ese mundo “ideal”? ¡Funcionan, ergo…!

Admitir lo místico, que debemos rechazar la información de nuestros sentidos y nuestra Razón y basarnos en la nada, afirmando que desconocemos casi todo acerca de cómo percibimos es negar la existencia de nuestra capacidad de interpretar la realidad, y por lo tanto, es una negación de la realidad. ¿Qué ser humano con autoestima y dignidad haría su vida en esas condiciones de auto-negación, duda e inseguridad? ¿Cuáles serían los resultados de hacerlo?

Lo místico es lo irracional, con ejemplos trágicos como el Cristianismo, y su corolario, la filosofía autodestructiva del Altruismo: ¿Acaso su Gran Maestro, aparte de ser un notorio charlatán sin oficio ni beneficio, no pereció de la forma más ignoble? ¿Este el destino que deseamos a la Humanidad? ¿Debemos dejarnos guiar por el ejemplo de la pasiva incompetencia clavada a un madero?

La bondad, la amabilidad, la generosidad, la ayuda mutua voluntarias no tienen nada que ver con el Altruismo, filosofía nociva que busca su justificación en una utilidad biológica que es mejor satisfecha por otras vías o en un supuesto valor para la supervivencia, lo cual sería válido si los Humanos viviéramos al nivel de una colonia de bacterias, osos polares o una tribu. El Capitalismo ha demostrado elevar el estándar de vida mucho más que cualquier tipo de estatismo o tribu. Es entonces un error confundir amabilidad o buena voluntad con autosacrificio: el hombre que arriesga la vida por su mujer o sus hijos no está sacrificándose; su vida carecería de sentido sin ellos. El hombre pudiente que, viendo a un huérfano con valores que considera dignos de elogio no duda en invertir en su futuro: esto tampoco es sacrificio, es una proyección de sus valores egoístas.

Hoy en día es patente que el concepto de Egoísmo, en su sinónimo popular, es sinónimo de maldad;la imagen que evoca es la de un bruto asesino pisoteando montones de calaveras ensangrentadas para lograr sus propios fines, sin preocuparse por ningún ser vivo y no persiguiendo más que la satisfacción de caprichos insensatos en cualquier momento inmediato.

Sin embargo, el significado exacto y la definición del diccionario de la palabra “egoísmo” es: preocupación por el propio interés. Este concepto no incluye una evaluación moral; no nos dice si la preocupación por el propio interés es buena o mala; ni tampoco nos dice qué constituyen los verdaderos intereses del hombre. (definición obtenida de Google “define:egoism”)

La ética Objetivista sostiene que el actor siempre debe ser el beneficiario de su acción y que el hombre debe actuar en su propio interés racional. Pero su derecho a hacerlo se deriva de su naturaleza como hombre y de la función de los valores morales en la vida humana y, por lo tanto, es aplicable solamente dentro del contexto de un código racional de principios morales, demostrado y validado objetivamente, que defina y determine su auto interés de hecho. No es una licencia para “hacer lo que le venga en gana” y no es aplicable a la imagen altruista de un bruto “egoísta” ni a ningún hombre motivado por emociones, sentimientos, impulsos, deseos o caprichos irracionales. Ése es el comportamiento de un saqueador, no de alguien que produce.

Esto contrasta totalmente con los “egoístas nietzscheanos” que vienen a la mente de la mayoría de la gente al evaluar el concepto “egoísta” y de hecho, son un producto de la moralidad altruista y representan la otra cara de la moneda altruista: los hombres que creen que cualquier acción, independientemente de su naturaleza, es buena si tiene como objetivo el beneficio propio. Así como la satisfacción de los deseos irracionales de otros no es un criterio de valor moral, tampoco lo es la satisfacción de los propios deseos irracionales de uno. La moralidad no es una competición de caprichos.

El Egoísmo, pues, es denunciado sin bases consistentes en la mera creencia de que los comportamientos individuales no serían “válidos” para el conjunto. ¿”Válidos” para quién? ¿Bajo qué estándar? No son los individuos, en su aislamiento, los que consiguen realizar aquellas obras que se llamarán la Gloria de la Humanidad? ¿qué colectivo ha levantado un rascacielos, compuesto una sinfonía, construido un ferrocarril, descubierto un teorema o desplegado una compañía de telecomunicaciones?

El hombre pertenece a otra categoría de animal; no posee instintos (patrones de acción preprogramados). El tener hambre no le dirá cómo fabricar un arco y unas flechas, o un rifle para cazar o cómo cultivar legumbres, para ello necesita hacer uso de la función integradora de la Razón.
El Ser Humano tiene asimismo libre albedrío; elige basar su actuación en base al capricho o la racionalidad; en ambos casos se enfrentará a las consecuencias de su elección. El altruismo consistiría en responsabilizar a individuos racionales de las consecuencias de la irracionalidad de otros, que recibirían a cambio los beneficios de aquellos que sí decidan ser racionales: La sociedad de nuestros días.

El Objetivismo es una filosofía para vivir en la Tierra. Como tal, es materialista, como el suelo sólido que pisamos. Pero también tiene en cuenta lo no material: Las Ideas, Las Emociones, La Amistad, El Amor…

En el Objetivismo no hay dicotomía entre el cuerpo y la mente, lo que hace el cuerpo es una proyección de la mente, y las sensaciones que el cuerpo percibe contribuyen al enriquecimiento de esa mente.

Los Objetivistas reconocemos la necesidad de una sociedad libre, una sociedad en la cual cada uno sea responsable de sus propias acciones. Aunque se afirme desde las posturas izquierdistas que en una transacción libre el estatus social, económico o la necesidad sean más coercitivos que la violencia física, a pesar de que las dos partes actúen en base a su interés racional, ¿no es esto una contradicción? ¿Si voy a ser coaccionado en una supuesta transacción “libre”, estoy realmente actuando en base a mi interés racional?

Esto es lo que los oponentes de una sociedad libre defienden: un mundo en el que la gente es obligada por la fuerza a actuar en contra de su interés, a asociarse con gente que ni le va ni le viene, a renunciar al fruto de su mente, a soportar la tiranía del inepto frente al competente, etc…
No es nada nuevo, pues ya se ha probado anteriormente: Unión Soviética, Cuba, Corea del Norte… Conozco el caso de muchos que han muerto intentando huir de regímenes estatistas a sociedades libres, pero ningún caso contrario.

Son estos mismos oponentes de la Libertad los que afirman que el Derecho a la Vida y derivados son arbitrarios, que “todo vale”, y todo es “como yo diga”, en “mi realidad”

El derecho a la vida y sus corolarios no son arbitrarios en absoluto: la fuente de los derechos del hombre no es ni la ley divina ni la ley parlamentaria, sino la ley de identidad. A es A, y el Ser Humano es el Ser Humano. Derechos son condiciones de existencia requeridas por la naturaleza del hombre para su supervivencia apropiada. Si el hombre ha de vivir en la tierra como hombre, y no al nivel de los animales, es lo correcto que él use su mente; es lo correcto que actúe según su propio libre albedrío; es lo correcto que trabaje por sus valores y retenga el producto de su trabajo. Si la vida en el Planeta Tierra es su objetivo, tiene el derecho a vivir como un ser racional: la naturaleza le prohíbe lo irracional. Cualquier grupo, cualquier pandilla, cualquier nación que intente negar los derechos del hombre es incorrecta, lo que significa que es malvada, es anti-vida.

Un mundo Libre sólo es posible si está formado por individuos soberanos y no por primitivistas colectivistas que, basándose en la premisa tribal, y negando la alternativa de un sistema mejor, afirman que deshacerse de cualquier tipo de parentesco cultural o genético (por muy mal que te caiga tu familia o lo mucho que desprecies la cultura o la religión en la cual has nacido) es privarnos de aquello que nos hace humanos y que estaremos cometiendo un “delito místico”, un pecado. ¿Contra quién? Contra la Sociedad, ese monstruo mítico que sustituye a “Dios” en nuestros días.

Una persona que abandone aquellas relaciones que lo “castran” y vaya en busca de compañía más agradable y coherente con sus valores se convertirá en un Individualista. La base de todas esas ideas tribales y colectivistas provienen de Heidegger: Heidegger se oponía a la tecnología, y al impulso tecnológico, esto es: el impulso de controlar o dominar la naturaleza. Mantenía que la verdadera individualidad es imposible. En su horrenda visión, los individuos escogen sus valores de otros, y su forma de ser depende de la voluntad de otros a reconocerlos de esa manera. Era un relativista cultural estricto y un etnocentrista: según él, uno sólo puede encontrar sentido a su vida en la cultura en la que uno ha nacido, debería estar de acuerdo con dicha cultura y nunca cuestionar sus premisas. En política, Heidegger era un fascista y un fervoroso colaborador de los Nazis. Esto no quiere decir que su influencia haya disminuído hoy en día. La visión de Heidegger es exactamente la opuesta a la de Ayn Rand.

De la misma manera que un individuo necesita Libertad para hacer uso de la Razón, necesita una filosofía de vida, pues la posee aunque no sea consciente de ello (normalmente la acepta según la moda del momento) y también necesita valores, el error es pensar que estos valores deben ser arbitrarios o basados en la Fe.

El Objetivismo, pues no elige “valores preferidos según el capricho”, sino aquellos objetivamente validados, tomando una premisa básica, la Existencia, la Vida del Individuo y las condiciones para sustentarla. No necesitaríamos valores si fuéramos invulnerables e inmortales.

Sólo hay una alternativa fundamental en el Universo: existencia o no-existencia, y tiene que ver con una única clase de entidades: con los organismos vivos. La existencia de la materia inanimada es incondicional, la existencia de la vida no lo es: depende de un curso específico de acción. La materia es indestructible, cambia sus formas pero no puede cesar de existir. Sólo un organismo vivo enfrenta una constante alternativa: la cuestión de la vida o la muerte. La vida es un proceso de acción auto-sustentada y auto-generada. Si un organismo fracasa en esa acción, muere; sus elementos químicos básicos perduran, pero su vida abandona la existencia. Sólo el concepto de “Vida” hace posible el concepto de “Valor”. Sólo para una entidad viva pueden las cosas ser buenas o malas. Para un robot indestructible, en cambio, no habría necesidad de valores.

“Valor” es lo que uno actúa para obtener y/o conservar, “virtud” es la acción por la cual uno lo obtiene y lo conserva. “Valor” presupone una respuesta a la pregunta: ¿de valor para quién y para qué? “Valor” presupone un criterio, un objetivo y la necesidad de acción frente a una alternativa. Donde no hay alternativas no hay valores posibles.

Es sólo una meta final, un fin en sí mismo, lo que hace posible que existan valores. Metafísicamente, la vida es el único fenómeno que es un fin en sí mismo: un valor adquirido y mantenido por un proceso constante de acción. Epistemológicamente, el concepto de “valor” es genéticamente dependiente y derivado del concepto anterior de “vida”. Hablar de “valor” como algo aparte de “vida” es peor que una contradicción en términos. Sólo el concepto de “Vida” hace posible el concepto de “Valor”.

En respuesta a esos filósofos que dicen que no se puede establecer una relación entre fines últimos o valores y los hechos de la realidad, me permito resaltar que el hecho de que las entidades vivientes existan y funcionen requiere de la existencia de valores y de un valor fundamental, que para cada determinada entidad viviente es su propia vida. Así, la validación de los juicios de valor debe lograrse haciendo referencia a los hechos de la realidad. El hecho de que una entidad viviente existe determina lo que debe hacer. Esto resuelve la cuestión de la relación entre “ser” y “deber”.

Ahora bien, ¿de qué manera descubre un ser humano el concepto de “valor”? ¿A través de qué medios se da él cuenta por primera vez de la cuestión del “bien o el mal” en su forma más simple? A través de las sensaciones físicas de placer o dolor. Al igual que las sensaciones son el primer paso hacia el desarrollo de una consciencia humana en el ámbito de la cognición, también son el primer paso en el ámbito de la evaluación.

La capacidad de experimentar placer o dolor es innata en el cuerpo de un hombre; es parte de su naturaleza, es parte del tipo de entidad que es. Él no tiene opción al respecto, y no tiene opción sobre la norma que determina lo que le hará experimentar la sensación física de placer o de dolor. ¿Cuál es esa norma? Su propia vida.

Dado que un valor es lo que uno actúa para obtener y/o mantener, y que la cantidad de acciones posibles está limitada por la duración de la vida de cada persona, es parte de su vida lo que cada uno invierte en cada cosa que valora. Los años, meses, días y horas de pensamiento, de interés, de sudor, de acción, dedicados a un valor son la moneda con la que uno paga por el disfrute que recibe de él.

Los valores son el poder motivador de las acciones del hombre y una necesidad para su supervivencia, tanto psicológica como físicamente.

Los valores del hombre controlan el mecanismo emocional de su subconsciente funcionando como un computador que sintetiza sus deseos, sus experiencias, sus realizaciones y frustraciones, como un guardián muy sensible que está constantemente observando y evaluando su relación con la realidad. La cuestión clave que este computador está programado para responder, es: ¿Qué es posible para mí?

Y aquí es donde entramos en el ámbito de las neurociencias, disciplina en la cual el “sistema límbico” es un concepto obsoleto, pues hoy en día se usa el paradigma de “executive control functions” y se sabe que el procesamiento de información, la motivación y la intencionalidad no están alojados ni influenciados por una zona concreta, (aunque tienen importancia las zonas de procesamiento de imágenes y movimiento -Rainer Bösel, Universidad Libre de Berlín-) ni dependen de la función de la amígdala necesariamente, sino que se componen de circuitos neurales que llegan a interconectar varias zonas del cerebro y componen el “control motivacional cognitivo”, con el córtex dorsolateral prefrontal izquierdo (DLPFC) como protagonista principal, dada la evidencia obtenida con Resonancia Magnética Funcional.(Savine and Braver, Aug. 4 2010 issue of Journal of Neuroscience)

Y es que hasta en reacciones básicas como la alegría o el terror, la razón interviene. Otra cosa es que algunos quieran utilizar estudios obsoletos para justificarse.

Una emoción, pues no es más que una respuesta a lo que estamos procesando en ese momento en nuestra mente. Las emociones no son un primario, son una consecuencia.

Si uno sabe que el bien es objetivo, es decir, que está determinado por la naturaleza de la realidad, pero que ha de ser descubierto por la mente del hombre, uno sabe que el intento de alcanzar el bien a través de fuerza física es una monstruosa contradicción que niega la moralidad en su raíz al destruir la capacidad del hombre para reconocer el bien, es decir, su capacidad de valorar. La fuerza invalida y paraliza el raciocinio de un hombre, exigiéndole que actúe contra él, convirtiéndole de esa forma en moralmente impotente. Un valor que uno es forzado a aceptar al precio de rendir su mente no es un valor para nadie; lo forzado y sin mente no puede juzgar ni elegir ni valorar. El intento de lograr el bien por la fuerza es como el intento de darle a un hombre una galería fotográfica al precio de sacarle los ojos. Los valores no pueden existir (no pueden ser valorados) fuera del contexto total de la vida de un hombre, de sus necesidades, sus metas, y su conocimiento.

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