Universidad y colectivismo

La Universidad española no es precisamente de las mejores del mundo. De entre las muchas estadísticas y clasificaciones a las que podríamos referirnos, no es posible encontrar entre las primeras del mundo a ninguna universidad de nuestro país. Y esto no es casualidad.

Cuentan que Ramón y Cajal, cuando recibió el telegrama en el que le comunicaban la obtención del premio Nobel, le dijo a su esposa que no dijese nada, porque esas cosas en España no se perdonan… Ahí está uno de los primeros gérmenes de nuestra nefasta universidad: la envidia en forma de aristofobia, que en nuestro país llega incluso hasta las áreas del conocimiento. Por eso, cada vez son más los intelectuales, los que menos abundan en las facultades. Oxymoron? No, colectivismo.

Desde siempre, la filiación política y no el mérito académico, ha espoleado el acceso a la docencia universitaria y, consecuentemente, a la promoción dentro de la misma, sin importar el régimen imperante. Eso sí, en la época más progresista de todas -léase Felipismo-, el número y tamaño de los departamentos universitarios españoles crecieron exponencialmente. En los últimos años, además, la cosa se complica en aquellas regiones con aspiraciones secesionistas. Historicismo? No, colectivismo.

Sí, son pobres a pesar de tener todas las condiciones para registrar patentes, asesorar a empresas y cobrar por ello, ofrecer servicios de todo tipo a la comunidad universitaria y no universitaria, cobrar tasas por todo lo inimaginable a sus alumnos, tener unos presupuestos inflados a costa de las aportaciones de tres administraciones diferentes, disfrutar de instalaciones publicas, tolerar más deuda que las propias administraciones locales, etc., etc. Crisis? No, colectivismo.

Otra cuestión se refiere a la gran tasa de individuos con trastornos graves de la personalidad que trabajan en la Universidad, especialmente en la docencia, claro. Esto daría para otra entrada pero, resumiendo, el número de narcisistas y paranoicos -o ambas cosas a la vez- está muy por encima de la población no universitaria. Psicópatas y sádicos en la cúspide del poder, rodeados éstos de sumisos, son el común denominador de los pobladores de los rectorados. Vamos, que ni Goya podría pintar un cuadro mejor. Psiquiátrico? No colectivismo.

La solución no es posible. Soy pesimista en este sentido. Los que están, se han asimilado a la cultura imperante del mismo modo que los que les precedieron. Los que vienen, a calentar silla como buenos colectivistas. Los que nos fuimos, estamos mucho mejor fuera en todos los sentidos, en el humano, el laboral y el económico. Sólo salen perdiendo los que se dejan la familia o aquellos que se van a países en los que la calidad de vida es mucho peor. Para ilustrar mi pesimismo, recordaré el comentario del decano cuando, ante mi interpelación por la tan polémica reforma de la Ley de Universidades y la grave manipulación de la que era objeto el alumnado, me dijo textualmente: “no te engañes, aunque la ley cambie, quienes la aplicamos seguimos siendo los mismos…”.

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